Angelus Novus
Al otro lado de la cordillera vivía un hombre que había cruzado la frontera.
Durante el día caminaba bajo el sol. El sol lo acompañaba siempre, no parecía distinguir entre unas decisiones y otras, cumplía su rol de iluminar todas las esquinas y las acciones, incluso lo hacía con el pasado del hombre, quien cada vez acumulaba más pedazos de recuerdos alumbrados.
Por las noches, la luna aparecía sobre la Cordillera: a veces se encontraba suspendida, otras veces parecía apoyada en el suelo y comenzaba a crecer como una semilla brotando. Todas las lunas, las de cada noche, tenían el mismo rostro de alguien haciéndose mayor. Con seguridad, algo había germinado y comenzaba a dirigirse hacia algún lugar más profundo (interior).
Un día el hombre encontró a un ángel y a un caballo descansando y conversando bajo un árbol. “¿Por qué yo soy yo y no tú?, ¿Por qué estoy aquí y no allá?”, se preguntaban.
El ángel conocía las penurias de las naciones. El caballo sabía avanzar con firme galope. Percibía desde el magma hasta el universo el dominio de las fronteras que se encontraban en cúspides rocosas.
El hombre siguió su camino y justo cuando aquellas semillas estaban echando raíces, comenzó a pensar en volver.
El conjunto de obras en “Angelus Novus”, exposición individual del pintor Elías Santis, busca hablar sobre memoria, desplazamiento e identidad, al mismo tiempo que presenta la experiencia misma de crear. En la narrativa de los cuadros, existe la convicción de que tenemos la capacidad, y también la responsabilidad, de intervenir sobre aquello que recibimos como herencia. Nos manifiesta que podemos transformar nuestra propia historia y la materia que registra nuestra memoria.
En cada lienzo encontramos texturas, donde las transparencias y las marcas del proceso permanecen visibles, en algunos sectores incluso dejan aparecer la luz del propio lienzo. El artista busca que las obras, incluso las de gran formato, tengan una cierta ligereza y que la materia no se imponga como peso, sino que permita que la atmósfera atraviese la imagen.
Hay un ímpetu que condensa la labor en esta exposición: con la misma transparencia que se otorga al trato de los materiales (cuyo proceso y técnicas quedan en evidencia), se presentan con franqueza paisajes y escenas fragmentadas, propias de una experiencia íntima que también es parte de una memoria colectiva sobre el cruce de territorios.
Del espacio íntimo y cerrado (el del niño bajo la mesa), podemos pasar (volando arriba del pájaro) a escenarios amplios, con una cordillera dispuesta a señalar que no estamos completamente determinados. Ese vendría a ser nuestro cruce interno de los Andes.
Natalia Matzner
Octubre 2026
