INAUGURACIÓN 22 DE MARZO | LOCAL 2, SANTIAGO
La vida es inherentemente dialógica y el ser humano participa en este diálogo
no solo a través de la palabra, sino con todo su ser: ojos,
labios, manos, alma, espíritu y cuerpo entero.
Mijaíl Bajtín
En la obra de Cocó Caballero, la pintura y el bordado se convierten en herramientas para revelar una memoria alterada, donde las imágenes familiares emergen desde la penumbra con un aura inquietante. Como si fueran instantáneas rescatadas de un álbum olvidado, sus composiciones capturan escenas de celebraciones, reuniones y rituales colectivos, transformadas por un sutil humor negro que las aleja de la nostalgia y las adentra en una dimensión irreverente y lúdica.
Sus composiciones, en su mayoría enmarcadas en fondos oscuros, operan como fragmentos de una cámara oscura, donde las imágenes se revelan con una luz sesgada, distorsionada, casi teatral. Como en un ritual carnavalesco, las figuras parecen suspendidas en un espacio de juego que subvierte las jerarquías y desdibuja los límites entre lo humano y lo no humano, como en una especie de Última Cena contemporánea, las figuras comparten un espacio común, donde lo familiar se mezcla con lo inquietante. Aquí, la influencia del historiador, teórico y crítico ruso, Mijaíl Bajtín y su estudio sobre la lógica del carnaval se hace presente: en este mundo pictórico, lo grotesco, lo simbólico y lo desmesurado funcionan como una estrategia de resistencia visual.
Los personajes que habitan sus obras parecen arrancados de su contexto original para ser reubicados en un escenario de teatralidad y extrañamiento. Sus miradas vacías, sus gestos congelados en el tiempo y la repetición de símbolos evocan la estética de Henry Darger y la lógica onírica del surrealismo. En esta recomposición de lo pasado, el concepto de lo ominoso freudiano se vuelve clave: lo que debería resultar conocido adquiere una cualidad perturbadora, desafiando la percepción de la realidad. Esta dimensión se amplifica en su trabajo mediante el uso de colores vibrantes en detalles específicos -como los labios pintados- y la tensión entre la materialidad del bordado y la gestualidad pictórica.
En este juego de luces y sombras, el bordado actúa como una sutura de la imagen, un gesto manual que reescribe la historia de las figuras retratadas. Al integrar el textil, Cocó establece un vínculo con una tradición de artistas como Louise Bourgeois y Tracey Emin, para quienes la costura y el tejido son herramientas de inscripción subjetiva, de reparación y subversión. Pero aquí, el hilo no solo une, sino que también tensa, oculta y resignifica, convirtiéndose en un eco matérico de la fragilidad del recuerdo.
Más allá del registro personal, Cámara Oscura propone un ejercicio de relectura de la imagen como espacio de múltiples capas. La memoria no es aquí un territorio estable, sino una construcción mutable, permeable a la intervención y al azar. Como en la fotografía analógica, donde la luz y el tiempo alteran el resultado final, la obra de Caballero descompone la imagen cercana y familiar para luego recomponerla, dejando al espectador en una constante oscilación entre lo visible y lo oculto, entre el juego y el misterio.
Natalia Herrera, artista y teórica
Marzo 2025