Existen otros mundos, pero están en este | Rolankay & José Cori: MUSEO DE ARTE CONTEMPORANEO Sede Quinta Normal

24 Abril - 23 Agosto 2026

“El mundo, así como lo entendemos, está compuesto tanto por aquello que existe como por aquello que se nos escapa. Y lo que se nos escapa es mucho más vasto que lo que existe, aunque no por eso menos real.”

Existen otros mundos, pero están en este

 

El devenir de las imágenes es, sin duda, misterioso. ¿Quién no se ha preguntado alguna vez —con genuina sorpresa— por el origen de una composición que ama, por el primer gesto de una novela que lo fascinó o por las decisiones inesperadas detrás de una pintura a la que vuelve una y otra vez? Ese enigma atraviesa la creación artística. ¿Habrá una receta? ¿Será el genio de alguien particularmente dotado? ¿El resultado de un trabajo incansable cuya investigación visual desemboca finalmente en esto que vemos? ¿Serán años de entrenamiento o simplemente inspiración? ¿De dónde provino esta imagen, esta idea que yo no tuve —y que probablemente nunca tendré?
En ese sentido, el mundo tal como lo conocemos se organiza de manera mucho más enigmática de lo que solemos creer. Acechados por fantasmas, por ficciones de nuestra propia invención, fantaseamos sobre nosotros mismos y sobre el mundo que percibimos. Inventamos relatos fabulosos o dolorosos sobre nuestras vivencias, sobre el pasado y el porvenir. Como escribió Rainer Maria Rilke: “En una idea de creación viven miles de noches de amor olvidadas y la completan con nobleza y altura”.
De la oscuridad de la mente emergen ficciones deslumbrantes, mundos enigmáticos que no siempre admiten explicación. Decisiones radicales que, al ritmo del desvelo, parecen inevitables. Noches en vigilia en las que una idea vuelve una y otra vez, presentándose como un mundo posible: un mundo dentro del mundo, la promesa —cierta aunque ficticia— de un cambio de rumbo, de una intuición que exige ser llevada a la práctica. O, como escribe Maurice Blanchot, “la dicha pura de pasar de la noche de la posibilidad al día de la presencia, o incluso la certidumbre de que eso que surge a la luz no es otra cosa que lo que dormía en la noche”.
El mundo, así como lo entendemos, está compuesto tanto por aquello que existe como por aquello que se nos escapa. Y lo que se nos escapa es mucho más vasto que lo que existe, aunque no por eso menos real. En ese territorio incierto parece encontrarse el enigma que atraviesa las preguntas anteriores. Posiblemente ahí también se sitúe el trabajo del arte y, sin duda, el de estas pinturas: en ese paréntesis que podría llamarse el alba, “pues la obra solo vive si esa noche —y no otra— se hace día”, como reflexionaba Blanchot.
Me permito este rodeo porque, más allá de las consignas, compromisos, afiliaciones o denuncias que cierto arte insiste en enunciar —a veces con una persistencia cansina—, las obras que reúne esta exposición se sitúan en otro plano: uno que está más allá de nosotros, invisible y, sin embargo, persistentemente presente. No se trata aquí del brazo militante de la denuncia. No. Más bien de la imaginación en su estado más puro llevada al acto, allí donde la noche finalmente se vuelve día.
Tanto las obras de José Cori como las de Rolankay acogen ese carácter enigmático de la creación para abrir espacio a mundos posibles: escenas epifánicas, la presencia de dobles y pequeñas citas que encuentran en la historia del arte un interlocutor con quien conversar. Después de todo, como señalaba Rilke, la idea de crear o de engendrar una obra no sería otra cosa que el placer —indescriptiblemente hermoso y valioso— de reencontrar recuerdos heredados de la concepción y el nacimiento de millones, en una cadena que enlaza el despertar del arte en una caverna escondida en las profundidades de una montaña con sus desarrollos contemporáneos. De ahí también la incorporación de un horizonte de oscuridad que se levanta frente a la protesta farisea de los censores de la moral.
Pues bien, lo que intento señalar es que todas esas ficciones —nacidas tanto del amor más profundo por las imágenes como del impulso casi elemental de capturarlas— habitan en ese vasto campo de la imaginación. Una imaginación capaz de producir mundos, escenas, ensoñaciones, proyecciones y decisiones que no están fuera del mundo; por el contrario, lo atraviesan. Actúan como fantasmas: median nuestra relación con la realidad, empujan nuestros esfuerzos y otorgan sentido a nuestros pensamientos.
Ese ámbito simbólico es, en gran medida, el que sostiene nuestras acciones y ocupa nuestra mente. Porque, en rigor, no negociamos constantemente con las cosas tal como están ahí, en la realidad inmediata, sino con las proyecciones que elaboramos sobre ellas: con la fantasía de lo que podría ocurrir frente a la contingencia que enfrentamos.
Estos trabajos se presentan como una tangente respecto de la cosa misma, del mundo tal como lo percibimos y de sus contingencias más inmediatas —pequeñas, pedestres, a veces incluso triviales—. Por el contrario, nacen de una necesidad vital. Como señalaba Rilke, el gran valor que el arte aporta a quien lo crea es servir como una suerte de síntesis de su existencia: un ejercicio constante de reflexión que confirma su propia integridad y propósito.
Sin embargo, ese significado es profundamente personal. Mientras que para el artista la obra puede constituir una verdad vital, para el mundo exterior no es más que un objeto entre otros: una presencia sin nombre que existe, simplemente, por una necesidad interior.
 
José Tomás Fontecilla, curador
Abril 2026