DEJAR ATRÁS
¿Cómo deja un cuerpo una inscripción en el mundo?
Toda grafía responde a esa pregunta.
Mucho antes de la escritura alfabética, el cuerpo ya había encontrado formas de inscribirse en el mundo. La danza, el canto, el mito y la pintura rupestre no fueron antecedentes de la escritura, sino distintas formas de inscripción capaces de atravesar el tiempo, dejando en la materia algo que, como un eco, continúa abriéndose a nuevas lecturas.
La pintura de Joaquín Reyes responde, desde otro tiempo, a esa misma pregunta.
No pinta para revelar una imagen, sino para dejar visibles —aunque nunca del todo legibles— las condiciones de su aparición.
Su práctica se organiza a partir de una tensión entre dos modos de inscripción. Cada obra comienza con una primera capa abstracta, nacida de la improvisación y la gestualidad. Sobre ella se inscribe una segunda capa figurativa construida a partir de fotografías de su archivo personal. Joaquín denomina Pintura Dialéctica a esa tensión: el momento en que ambas formas de inscripción producen una tercera imagen que ya no pertenece por completo a ninguna de las anteriores. Lejos de resolverse, esa tensión vuelve a activarse en cada nueva capa.
Lo importante, sin embargo, no es la superposición de las imágenes.
Es que ninguna imagen desaparece.
Permanecen operando más allá de la escena final.
Sus colores organizan la paleta, sus formas sobreviven desplazadas y sus gestos continúan orientando la composición. La pintura no borra el recorrido que la hizo posible; lo incorpora a su propia estructura. Lo que queda atrás no se pierde: transforma las condiciones desde las cuales cada nueva imagen volverá a revelarse.
Los dogmas de Joaquín participan de esa misma lógica. La limitación de la paleta cromática, el uso de plantillas, la repetición de patrones y la frontalidad del cuerpo frente al lienzo no buscan controlar la pintura, sino volver el laberinto un mapa. Solo así es posible regresar una y otra vez sobre la materia, sin clausurar su enigma ni perderse en la fascinación que su resistencia le ofrece.
Mirar estas pinturas exige también una forma particular de lectura. Como un manuscrito, la pintura no entrega toda su información de una sola vez. Es entre las figuras, las tramas y los colores donde permanece encriptada la performatividad de su lenguaje; no como el registro de un proceso concluido, sino como una escritura que insiste, se reescribe y reorganiza continuamente, desbordando los márgenes del lienzo para existir en la mirada de otro.
Por eso Dejar Atrás no habla de aquello que desaparece.
Habla de aquello que permanece actuando.
Solo puede dejar atrás aquello a lo que es capaz de volver.
Isabel Croxatto, coreógrafa y curadora
Julio 2026
